martes, 12 de julio de 2011

El debate que siempre aborta


Adriana Gómez, estudiante de veinte años, no sufrió. El médico, en su consultorio particular de la capital chilena, casi se quedó mudo durante la operación que hizo solo, en una pieza extremadamente limpia, inmaculada. Como un robot realizó su trabajo. Técnicamente sin falla, sin ninguna forma de compasión humana. Adriana Gómez recuerda perfectamente la soledad y la rabia que le dio el someterse a un procedimiento clandestino, ilegal. Ella tuvo su primer aborto. Este fue en 1964.
Cuarenta y siete años después, abortar sigue criminalizado en Chile. En 1989, con la presión política de la jerarquía de la Iglesia católica chilena, la junta militar derogó el artículo del Código Sanitario que permitía el aborto terapéutico. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Chile es uno de los cinco países que penaliza completamente el aborto sin importar las razones. Los otros son Nicaragua, El Salvador, Malta y… el Vaticano.
Aunque existe una legislación que penaliza el hecho, hay alrededor de 120.000 abortos por año en el país según las estimaciones más recientes hechas a partir de las estadísticas del Guttmacher Institute de Nueva York. En comparación, en Canadá, en donde la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) es legal y sin restricción alguna, se practican un poco menos de 100.000 abortos al año, aunque la población del país norteamericano dobla a la población chilena.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que hay alrededor de 50 millones de abortos en el mundo, anualmente. Uno de cada cuatro embarazos termina en una IVE. Pero, las razones que mueven a las mujeres a abortar varían mucho: desde los casos de violación hasta la falla de los medios anticonceptivos, pasando por los fetos malformados y la falta de educación.
Ahora de 67 años, Adriana Gómez sigue activa laboralmente. Trabaja para la organización no gubernamental “Red Salud Mujeres Chile” como coordinadora de las comunicaciones. Bien sentada sobre su silla, enfrente de su nueva computadora Macintosh, la sexagenaria recuerda cual fue el contexto de su primer aborto: “Para mi era un tema decidir sobre mi proyecto de vida. Yo estaba estudiando, no estaba pensando a formar una familia. Tenía mi pareja y todo, pero no tenía el deseo de formar una familia en ese momento de mi vida.”
Para los grupos “pro-vida”, este argumento es una aberración. Más que eso, consideran que es un crimen y que nadie tiene el derecho de decidir sobre la vida de un ser inocente. Y se acaba la discusión.
Para Jorge Reyes, abogado y ferviente defensor de las posiciones pro-vida en Chile, desde los primeros momentos de la concepción, se habla de un ser humano. Un ser humano con derechos. Durante el foro sobre el aborto, organizado por la Universidad de Chile el último 19 de mayo, el señor Reyes fue intransigente con la posición de los grupos y personas que reclaman el derecho a decidir para las mujeres. “Mi crítica fundamental a ese proyecto es que es una mirada propia decimonónica, la misma que esclavizó a la raza negra.” Hablando de los fetos, Reyes añadió: “Ellos están allí y nadie se explica si son o no son humanos, nadie dice que tienen la forma humana, y desde eso nació la esclavitud. Detrás de la expresión aborto hay una expresión esclavista, una expresión de propiedad sobre el otro.”
Asistiendo a ese foro como integrante de la Red Salud Mujeres, Adriana Gómez entendió los argumentos del abogado Reyes. Sentada en la primera hilera del auditórium abarrotado de la Universidad de Chile, frunció los ceños. Ella no podía creer lo que acababa de escuchar. “Yo todavía estoy tratando de entender y no logro. Francamente, lo encontré lo más absurdo que puede existir”, dijo sonriendo, un mes después del foro. Sin parar, la señora Gómez, con su voz ligera, continuó: “Creo que el tema del aborto es lejos el más difícil en Chile. Porque está atravesado por los conceptos de la vida y de los derechos y de esta imagen que tanto se manipula que es la del ser inocente que se ataca. Este debate sobre el derecho a la vida no lo ha resuelto la ciencia, ni la religión, ni el debate laico, nadie ha resuelto eso.”
Pero poco a poco se abre el debate. Y según la última encuesta de opinión sobre aborto de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de Chile (FLACSO-Chile), los chilenos quieren un debate sobre la legislación que rige las prácticas abortivas en el país. Claudia Dides C., socióloga e investigadora de la FLACSO-Chile, mostró los resultados de su estudio por primera vez en el foro de la Universidad de Chile y las cifras sorprendieron a los auditores: el 95% de los Chilenos piensa que el país debe revisar sus leyes respecto al aborto; el 65% de los Chilenos votaría a favor de la legalización del aborto terapéutico; 30% votaría a favor de la legalización completa del aborto.
“Chile necesita un debate. La gente está de acuerdo con el aborto terapéutico en ciertas circunstancias, en ciertos casos. Hay que discutir sobre este tema mal llamado ‘valórico’, porque son temas de profunda libertad individuales y de derechos humanos, que tienen que ver con la construcción de la democracia”, mencionó con emoción Claudia Dides C. después su presentación. “La ciudadanía no es tonta, la ciudadanía piensa, la ciudadanía tiene derecho a elegir, la ciudadanía tiene opciones en un mundo democratizado.”
Aunque siempre se queda escéptica delante de encuestas de opinión, Adriana Gómez se alegra de estos resultados. Según ella, estas cifras demuestran que “los chilenos son menos conservadores de lo que la gente quiere creer. O la idea generalizada de lo que es una sociedad conservadora… es algo pero no tanto. Nunca tanto.”
Al otro lado del espectro ideológico, los grupos pro-vida quieren que se cierre el debate. Cerrar todas las puertas que se tratan de abrir. Para Claudia Lagos Lira, periodista en el Instituto de la Comunicación e Imagen (ICEI) de la Universidad de Chile y autor del libro “Aborto en Chile: el deber de parir”, los grupos pro-vida viven en una forma de paranoia constante. “Cuando se dictó un instructivo del Ministerio de Salud que permitía a las mujeres ligarse las trompas como método anticonceptivo definitivo, o cuando se ha discutido sobre la píldora del día después, o se ha discutido sobre la despenalización del aborto terapéutico, la derecha, la iglesia y una gran parte de la DC acusan que se intenta pasar el aborto totalmente liberalizado entre las líneas”, denuncia la periodista, que recién tuvo su segunda hija.
Para los grupos pro-vida, no tiene sentido cambiar la legislación que rige actualmente los casos de embarazos ectópicos que pueden matar a las mujeres. El abogado Jorge Reyes, en su alocución en la Universidad de Chile, mencionó que los 3.500 embarazos ectópicos que hay cada año en Chile “son perfectamente lícitos y además son exigidos por la ética médica. Quiero advertirles que no se debe legislar, porque eso está perfectamente regulado por la ética médica. ¿Qué sentido tiene llevar eso a una legislación que es punitiva?”
El miedo y la culpa
Años después su primer aborto, Adriana Gómez tuvo dos hijas. En los primeros años de los ochenta, recién cuadragenaria, la señora Gómez tuvo un aborto espontáneo de un feto malformado, algo corriente, como le pasa a muchas mujeres. Pero meses después, se embarazó de nuevo. Debido a que tenía más de cuarenta años, tener este hijo le daba miedo, temor. Ya ella tenía dos hijas y por eso decidió abortar. “Yo creo que era el temor de tener otro feto con malformación, una situación que no quería tener.”
Adriana Gómez tuvo su segundo aborto en la capital mexicana. Esta vez, la operación se hizo por otro procedimiento: por aspiración. Un proceso ahora muy frecuente en los casos de abortos quirúrgicos. No tuvo ninguna complicación. Aunque la operación se hizo de manera clandestina, la señora Gómez sentía que el tema era mucho más abierto en el país del norte. “En México era una consulta excelente. La parte técnica, muy buena. Una consulta médica excelente, muy limpia, reluciente. Y humanamente, mucho más calido que la primera vez porque además me daban consejos”, se acuerda.
Adriana Gómez tuvo la suerte de abortar en condiciones bastante seguras. Ese no es el caso de los 120.000 abortos que se hacen en Chile cada año. Hoy día, en 2011, un aborto quirúrgico cuesta entre uno y dos millones de pesos chilenos. Una suma que no todas las mujeres pueden pagar. En muchos casos, el proceso médico se disimula por una operación al apéndice. Ahora, las mujeres optan por diferentes métodos, según sus recursos económicos. Éstos van desde el uso del Misotrol hasta los métodos más arcaicos y peligrosos que existen.
En 1964, encontrar un médico que hiciera abortos no fue tan difícil para Adriana Gómez. Pero según ella, la realidad ha cambiado mucho desde los años sesenta. “Si alguien me pregunta, por el hecho de que trabajo por la salud de las mujeres, no sabría adonde mandarla. No tengo ningún dato. Salvo la línea de Aborto Seguro que te dice usted puede abortar tomando medicamento, el Misotrol”, explica la señora Gómez. La línea telefónica desarrollada por su organización ofrece información para las mujeres sobre cómo realizar un aborto con el Misotrol, un medicamento prohibido en Chile, utilizado para la prevención y tratamiento de úlceras gástricas, pero que también resulta efectivo para la interrupción del embarazo hasta el primer trimestre. Pero el Misotrol también es ilegal en Chile. “Se consigue por Internet sin mucha dificultad, pero también hay trampas”, advierte la señora Gómez.
Y, obviamente, hay abortos en las poblaciones que se hacen en condiciones horribles. La mayoría del tiempo, esas mujeres son las que llegan al hospital de emergencia con una hemorragia por haberse practicado un aborto incompleto.
“Es una injusticia social tremenda. Porque las mujeres más pobres, las que menos recursos tienen, son las que más sufren de esto”, estima por su parte Verónica Díaz, directora de la organización Católicas para el Derecho a Decidir (CDD) de Chile. Cuando no quieren tener este hijo, ¿a qué recurren? A los métodos más arcaicos que hay: meterse cosas en la vagina, hacerse daño, arriesgando su vida, su salud y la libertad, porque finalmente pueden quedar presas.”
Situado en Valparaíso, este pequeño grupo de una docena de mujeres trabaja sobre el tema de los derechos sexuales y los derechos reproductivos. Aunque son católicas por tradición, luchan por el acceso al aborto libre y seguro en Chile. La directora de la organización, Verónica Díaz está resentida contra la jerarquía de la Iglesia católica. “Nosotros hacemos una diferencia. La iglesia católica somos todos y todas, los bautizados y bautizadas. Pero la jerarquía, que son los hombres que comandan, es otra cosa. Trabajamos sobre este tema porque es donde la iglesia católica más pisotea a las mujeres. Y son las mujeres las que llenan las iglesias.” Según ella, las posiciones de la jerarquía son totalmente alejadas de la realidad. Impedir el uso de los métodos anticonceptivos o promover las relaciones sexuales que buscan procrear por sobre las que buscan placer, no tiene ningún sentido.
Trabajando por esta organización desde 1993, Verónica Díaz estima que el tema del aborto sigue siendo un tema tabú en Chile. Un hecho que se vive en secreto y con “toda la culpa que nos ha enseñado desde siempre la iglesia católica”. Para ella, solamente quitarse la culpa de hablar del aborto de manera abierta, fue un trabajo de largo aliento.
Culpa. Eso no lo resiente Adriana Gómez. “No estaba feliz de hacer un aborto, nadie puede estar feliz de hacer eso, nadie. No es una decisión que sea fácil de tomar. Pero en ninguno de los dos casos yo sentí culpa. La culpa, pienso yo, está manipulada por la cosa religiosa.”
Profundamente laica, hecho bastante contado por una chilena de 67 años, Adriana Gómez no se arrepienta de nada: “No es un acto por el que se pase sin ningún daño… El daño que hubo fue por la ilegalidad del procedimiento. No por la decisión en sí misma.”